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jueves, 22 de septiembre de 2011

¿Un estado palestino? No cuente con ello







Si la autoridad palestina deseara sinceramente el reconocimiento internacional como estado soberano, Mahmoud Abbás no habría venido a Nueva York esta semana a solicitar el ingreso en la Asamblea General de las Naciones Unidas. No tendría ninguna necesidad, dado que Palestina lleva ocupando desde hace tiempo su asiento en las Naciones Unidas.

Después de todo, si el estado palestino fuera el verdadero objetivo de Abbás, lo habría podido lograr para su pueblo hace tres años. En el año 2008, el entonces Primer Ministro israelí Ehud Olmert propuso la creación de un estado palestino soberano en un territorio equivalente (después de los intercambios territoriales) al 100% de Cisjordania y Gaza con servidumbre de paso entre las dos porciones de tierra además de una capital en el barrio árabe de Jerusalén. Pese a ello Abbás rechazó la oferta israelí. Y desde entonces se ha negado incluso a mantener negociaciones.

"Es nuestro derecho legítimo exigir el ingreso formal del estado de Palestina en las Naciones Unidas", anunciaba Abbás en Ramala el pasado viernes, "para poner fin a una injusticia histórica logrando la libertad y la independencia, como los demás pueblos del planeta".


Pero durante la mayor parte del siglo, cuando se les ha presentado la oportunidad de construir un estado propio los árabes de Palestina han dicho siempre que no. Dijeron que no en el año 1937, cuando el gobierno británico, que por entonces gobernaba Palestina, propuso dividir el territorio en estados árabe y judío independientes. Los líderes árabes volvieron a decir que no en 1947, eligiendo ir a la guerra en lugar de aceptar la decisión de las Naciones Unidas de dividir Palestina entre sus poblaciones judía y árabe. Cuando Israel ofreció en el año 1967 renunciar a los territorios que había logrado a cambio de la paz con sus vecinos, la respuesta oficial del mundo árabe, manifestada en una cumbre celebrada en Jartoum, no fue única, sino triple: "Nada de paz con Israel, nada de negociaciones con Israel, nada de reconocimiento de Israel".

En Camp David en el año 2000, el primer ministro de Israel, Ehud Barak, ofreció a los palestinos un estado soberano que compartiría el control de Jerusalén e incluiría miles de millones de dólares en compensaciones a los refugiados palestinos. Yasser Arafat rechazó la oferta, y reinició la mortal guerra terrorista conocida como Segunda Intifada.

Hay muchos pueblos apátridas en este mundo que desean un país propio, grupos étnicos muchos de ellos con siglos de historia y lenguaje y cultura característicos. Para los kurdos y los tamiles y los tibetanos –cuya búsqueda infructuosa de una nación-estado es ignorada por el mundo– debe ser demencial contemplar a la comunidad internacional devanarse los sesos en su afán de proclamar, una y otra vez, la necesidad de un estado palestino. Y tienen que estar desconcertados con la constante negativa de los palestinos a dar un sí por respuesta.

No obstante, no hay ningún misterio. La raison d'être del movimiento palestino nunca ha sido la creación y la construcción de una patria palestina. Siempre ha sido la negación de una patria judía soberana. Ésa es la razón de que nunca hayan fructificado las propuestas bienintencionadas de "una solución de dos estados", con independencia de lo seriamente que las propusieran presidentes estadounidenses o secretarios generales de las Naciones Unidas. Ésa es la razón de que los estatutos no sólo de Hamás sino del supuestamente moderado partido Fatáh de Abbás sigan instando a "la lucha armada" hasta que "el estado sionista sea demolido". Y ésa es la razón de que Abbás y el resto de líderes palestinos insistan en que el estado palestino sea explícitamente árabe y musulmán, pero negándose inflexiblemente a reconocer que Israel es el estado judío legítimo.

"El nacionalismo palestino", dijo Edward Said en una entrevista en el año 1999, "se basa en expulsar a todos los israelíes". Por desgracia, se sigue basando en lo mismo.

La pasada semana, para dar el pistoletazo de salida a la campaña que pretende su reconocimiento como estado en las Naciones Unidas, la Autoridad Palestina protagonizaba una marcha publicitada a bombo y platillo hasta las oficinas de las Naciones Unidas en Ramala, donde entregaron un escrito destinado al Secretario General Ban Ki Moon. Los funcionarios eligieron a Latifa Abú Hmeid para encabezar la manifestación y entregar el escrito. "Fue elegida", informaba el diario palestino Al-Ayam, "porque es el símbolo del sufrimiento palestino como resultado de la ocupación".

Lo que omitió el periódico es que Abú Hmeid es la madre de cuatro asesinos, que cumplen un total de dieciocho cadenas perpetuas por su implicación en múltiples atentados terroristas. Según el colectivo Palestinian Media Watch, no es la primera vez que Abú Hmeid ha sido oficialmente distinguida. El año pasado, la Autoridad Palestina le concedía el Galardón de la Determinación y la Generosidad y un ministro en el gobierno elogiaba públicamente sus virtudes: "Ella es quien dio a luz a los luchadores, y merece que le guardemos respeto y honores".


Esta es la atroz y sangrienta cultura que los líderes palestinos quieren que las Naciones Unidas declaren como estado de pleno derecho. Lo que asombra no es que hagan la petición, sino que haya gente que crea que debería concedérsela.




Jeff Jacoby, columnista del Boston Globe. Sus artículos pueden consultarse en su página web.



Autor: Jeff Jacoby
Fuente: Libertad Digital

lunes, 16 de mayo de 2011

Buscando soluciones a Israel




El mundo islámico dice que "Israel es el problema", mientras la parte occidental del planeta parece que les quiera dar la razón; unas veces callando como miserables, otras poniéndose del lado de los perros rabiosos y las más de las ocasiones difundiendo noticias segadas, intoxicando la información, o directamente manipulandola para que Israel siempre aparezca como el culpable de todo.

La cuestión es que si "Israel es el problema" Cabe preguntarse ¿y si le cambiáramos el nombre a Israel, por ejemplo, por Republica islamica Al-Israel? ¿occidente y el mundo islámico respetaría más al pueblo judio y al estado de Al-Israel como imponente nueva "república islámica"?

Que ironías tiene la vida...imaginemos la escena, de repente los terroristas muertos ya no le importarían a nadie (como ocurre cuando se matan entre ellos y occidente hace mutis por el foro)como tampoco le importaría a nadie si los palestinos tienen o no estado o si estos se pudren bajo las botas opresoras de hamas o si la ANP del menguado de Abbas existe o no ! Habría que pensar en esa posibilidad, los beneficios son enormes !, La nueva República islamica de Al-Israel tendría patente de corso para hacer cuanto quisiera, podría cometer todos los desmanes imaginables e inimaginables y el mundo hasta aplaudiría !.

Es lo que aparentemente ese mismo mundo le permite hacer al mundo musulmán mientras que al Estado de Israel se le procuran todos los nudos, impedimentos y excusas para evitar que siquiera pueda ejercer su derecho a la defensa.


Rafael T.Perez
Kolisraelorg
www.kolisraelorg.net

martes, 22 de junio de 2010

En defensa de Israel




El libro no fue aceptado por ninguna editorial grande, de las que habitualmente publican los ibros de quienes participábamos de esa rara obrita, y terminó por ser impresa por un discreto editor de Zaragoza dedicado a temas judaicos. Personas conocidas, sí, pero no de un relieve político de verdadero peso. Hubo un editor que se pronunció claramente a favor de la "causa palestina"

Pero hoy eso ha cambiado. Defender Israel ya ha dejado de ser cosa de raros.
Estaba yo reseñando para La Ilustración Liberal el libro de Marcello Pera Por qué debemos considerarnos cristianos, y hablando de él y de José María Aznar y de sus discursos en la presentación del volumen, cuando me llegó la noticia de la creación de la Iniciativa Amigos de Israel, justamente sobre un texto de Aznar y con Pera como primer firmante del manifiesto fundacional. Desde luego, me puse muy contento y comuniqué a unos cuantos amigos la buena nueva.

Sólo más tarde empecé a considerar el asunto en toda su extensión, sobre todo a partir del momento en que lo comenté durante la cena: dije que Aznar había definido operativamente su posición frente a Israel y alguien me respondió sonriendo con la frase: "Y ahí estarás tu". No, contesté; yo estoy ahí desde hace medio siglo: lo importante es que venga él. Lo dije a conciencia de que Aznar ha venido hace tiempo, y obviando el hecho de que a las mismas personas con las que cenaba les había explicado hacía poco las ideas de nuestro ex presidente sobre el ingreso de Israel, y no de Turquía, en la Unión Europea.

¿Y por qué es tan importante que Aznar dé ese paso? Que diga, resumiendo, que Israel es un país occidental enclavado en Medio Oriente; que tiene derecho a existir y, como nación soberana, a defenderse; que Israel está de nuestro lado; que la paz en la región depende del reconocimiento del Estado de Israel por los palestinos; que hay que luchar contra la constante deslegitimación del Estado de Israel en cada país, en el mundo y en las instituciones internacionales; que hay que dar muestras públicas de adhesión a las instituciones democráticas israelíes; que hay que apoyar el inalienable derecho israelí a poseer fronteras seguras, no cuestionadas por terroristas o por regímenes despóticos, para que sus ciudadanos vivan con las mismas garantías con que vivimos nosotros; que hay, para ello, que oponerse coherente y firmemente a un Irán con armamento nuclear; que hay que trabajar para asegurar que Israel sea aceptado como un país occidental normal, una parte indivisible del mundo occidental al que pertenecemos; y reafirmar el valor religioso, moral y cultural de la herencia judeocristiana como sustento fundamental de las sociedades liberales y democráticas de Occidente.

El programa no es nuevo, claro, y yo mismo he escrito en diversas ocasiones acerca de todos esos aspectos de la cuestión, pero ésa, la de escribir, es mi tarea, y su alcance es sumamente limitado.

Aznar es el primer dirigente occidental, en los sesenta y dos años de existencia de Israel, que se pronuncia con esa claridad. El primero de ese nivel: un ex presidente de una nación verdaderamente importante, decisiva, a pesar de todo lo que se está haciendo desde dentro y desde fuera para destruirla. Ni Churchill, para quien la Partición significó un gran alivio y después no volvió a meterse en el tema, ni Roosevelt, con toda su mala conciencia por no haber ayudado a los judíos a salvar sus vidas, por haberles impuesto unos brutales e innecesarios cupos de inmigración que, en no pocos casos, representaron el retorno a Europa y la caída en los campos y las cámaras de gas. Si un solo hombre de la categoría política de José María Aznar hubiese sido así de claro en relación con los judíos en 1940, muy diferente habría sido la historia.

Era sencillo responder al paganismo nazi con la tradición judeocristiana, pero nadie lo hizo. Nadie dijo abiertamente que las puertas de sus países estaban abiertas a los judíos porque son nuestros hermanos mayores. Ni un presidente, ni un Papa: sólo la Familia Real danesa se puso en el pecho la estrella amarilla, cuando ya era demasiado tarde. (Por eso no me sorprende que los mayores conflictos intelectuales con el Islam, empezando por las caricaturas de Mahoma, hayan surgido en la valiente Dinamarca). Pero después de aquello, después de saber lo que habían sido Auschwitz y todas sus sucursales, después de tener a su alcance todos los testimonios posibles, ya constituido el Estado de Israel, tampoco hubo un presidente, un rey, un Papa –Juan Pablo II hizo lo que pudo, estableciendo relaciones entre Roma y Jerusalem– que hablaran tan claro como acaba de hacerlo José María Aznar con el apoyo de su amigo –y de todos nosotros– Marcello Pera.

La Iniciativa Amigos de Israel está llamada a concentrar a su alrededor todos los esfuerzos, hasta ahora sueltos, de los que trabajamos en este asunto durante décadas, y que apenas si nos vamos conociendo gracias a internet. Por mucho que lo lamenten unos cuantos españoles y no pocos no españoles, Aznar ha dado una muestra de grandeza, de sentido común y de sabiduría que nunca antes que él había dado ninguno de sus pares, pese a todos los horrores del siglo XX. Apunté en una ocasión que no existían los grandes hombres, sino las grandes circunstancias, y que los hombres se medían por la dimensión de esas circunstancias. Llevábamos sesenta y dos años de circunstancias difíciles sin que nadie diera la talla en Europa, esta pobre Europa suicida que ni siquiera es capaz de reconocer a sus padres, de reconocer la forma de su alma, y se abraza al enemigo demencialmente. Ahora está hecho. Yo lo esperaba de este hombre.

vazquezrial@gmail.com
www.vazquezrial.com

Fuente: Libertad Digital

martes, 8 de junio de 2010

Odio a la sabiduría




El pajar está demasiado seco. El antisemitismo en España ha prendido como la pólvora. Quizá nunca se había ido, como ha sucedido, dicho sea de paso, en el resto de Europa.

No es una anécdota el veto a los homosexuales israelíes para participar en el día del "Orgullo gay" de Madrid. Tampoco es un caso excepcional lo sucedido en la UAM, sobre todo si tenemos en cuenta que las paredes de todos los campus universitarios de España están plagadas de carteles ofensivos contra los judíos y el Estado de Israel; quien conozca el estado de violencia latente que la izquierda salvaje, léase esos grupos que han hecho del odio a la democracia y la defensa del fundamentalismo islámico sus principales señas de identidad, ha introducido en la pobretona universidad española, podrá explicar fácilmente que ese tipo de estallido violento no ha surgido de la noche a la mañana.

Las agresiones a las que fueron sometidos los profesores de Israel en la Universidad Autónoma de Madrid explican no sólo el lamentable estado de la llamada alma mater en España, sino también que el prejuicio antisemita, el odio a la minoría judía, se desarrolla antes en ambientes pseudo ilustrados que populares, antes en instituciones deformadas por burocracias que en el espacio público, en fin, el antisemitismo florece allí donde predomina una especie "antropológica", dicho en la terminología del psicoanálisis social, que denominamos el tipo humano autoritario. El antisemita no es un fanático, ojalá, pues se lo podría combatir fácilmente, por un lado, con "propaganda" ilustrada a favor de la tolerancia y la razón, y, por otra, cuestionando sus errores.

Pero, por desgracia, el antisemita es un tipo mucho más peligroso, porque combina experiencias e ideas de una sociedad moderna e industrializada con creencias irracionales o antirracionales, mezcla razones y barbaridades sin discriminación alguna, para bloquear cualquier intento de discusión crítica. Pierde el tiempo quien trate de convencer al antisemita de sus errores y mentiras, entre otras razones porque quien odia al judío, o a cualquier otra minoría, siempre verá en la argumentación del hombre normal una actitud de disculpa de los judíos o de la minoría despreciada. De ahí que el antisemitismo, como cualquier otro prejuicio social, sólo tenga una solución de carácter educativo. Algo de lo que, en efecto, carece la universidad española.

Por eso, precisamente, el antisemitismo emerge y se desarrolla antes en instituciones, insisto, pseudo ilustradas, como son las organizaciones a favor de los derechos de los homosexuales o la universidad, que en la calle. El hombre antisemita es una de las formas más degradadas del "hombre-masa", o sea, de alguien que es, según Adorno, a la vez "ilustrado" y supersticioso, "orgulloso de su individualismo y constantemente temeroso de ser diferente a los demás, celoso de su independencia y proclive a someterse ciegamente al poder y a la autoridad". He ahí las condiciones ideales para forjar una personalidad autoritaria: seres humanos que tratan de dominar o someterse frente a los otros como consecuencia de una básica inseguridad de su yo.

Lo sucedido en la UAM refleja la incapacidad de la universidad española para hacerse cargo de una de las grandes verdades del siglo veinte: el judío, tanto el pueblo como cada uno de sus individuos, es uno de los mejores representantes del espíritu crítico que debe determinar la condición humana. El prejuicio antisemita instalado en la universidad española es la mejor forma para no enfrentarse a la crítica, sí, a las cientos de formas diferentes que el pensamiento judío, o mejor, la cultura judía ha inventado en nuestra época para contestar a la terrible pregunta: "¿Qué es un judío?", "¿Qué hace y cómo se justifica un judío en cualquier parte del mundo?"

Porque a ningún otro pueblo se le ha hecho una pregunta semejante, en cierto sentido tan terrible, mantengo que es imposible la crítica, eso que se llama el pensamiento crítico, sin enfrentarse al "problema judío", sí, a la pregunta y a las variadas respuestas que ofrece la inmensa cultura judía de nuestra época al resto del mundo. Esa cultura, por fortuna, tiene un cuerpo político propiamente judío: el Estado de Israel. Hannah Arendt ha sido grandiosa en su planteamiento. Ya no puede abordarse la cuestión judía sin el Estado de Israel. O sea, el hombre antisemita y el tipo que niega el Estado de Israel son una y la misma cosa, y viceversa.

"Aprendí algo", dice Arendt al ensayar su respuesta a la pregunta qué es un judío, "que desde entonces acuñé en una frase: ‘Si a una la atacan como judía, tiene que defenderse como judía’ . No como alemana, ni como ciudadana del mundo, ni como titular de derechos humanos, ni nada por el estilo. Más bien: ‘¿Qué puedo hacer yo concretamente como judía?’.
A lo cual sumaba, en segundo lugar, el propósito decidido de unirme a alguna organización; por primera vez. Unirme a los sionistas, claro está, que eran los únicos que estaban preparados. No habría tenido sentido unirse a quienes se habían asimilado".

Después de la obra de Arendt, es imposible tratar la cuestión judía escondiéndose en la distinción formal entre el antisemita y el perseguidor del Estado de Israel. La existencia de un cuerpo político judío, de un Estado de Israel, fuerte, seguro y democrático hace posible la implicación de todos los judíos, como ha dicho Feldman, en un vigoroso debate político. Arendt, en efecto, fue la primera defensora del Estado de Israel y, a la par, su primera crítica.

Autor: Agapito Maestre
Fuente: Libertad Digital

miércoles, 3 de febrero de 2010

¿España dando lecciones? ¿De qué?




Carta abierta al Presidente sspañol José Luis Rodríguez Zapatero.

En 1492, los judíos fueron expulsados de España. Fue ésta una de las más "justas y morales" decisiones de los españoles para con el pueblo judío que tuvo que abandonar el país por la fuerza bruta, dejando tras suyo todos sus bienes materiales. El judío no sólo fue expulsado de España, humillado y atacado, sino tambien robado por los españoles. Quién sabe qué español vive en la casa de qué antepasado mío y cuál de ellos se quedó con las propiedades de algún otro de mis antepasados. ......y a pesar de ello, nosotros no odiamos a los españoles.

Paralelamente al período recordado, España creó una de las instituciones más "morales" de la historia. Institución que perseguía la justicia y la verdad. Institución cuyo nombre quedó grabado en el recuerdo de la humanidad como ejemplo de valentía, osadía y lucha por la verdad y la libertad de expresión y de culto: "La Inquisición". Estos paladines de la justicia y la moral, apresaron, torturaron y mataron a miles de personas. A los judíos nos quemaron vivos y nos persiguieron por el mero hecho de ser judíos.
Éste es aparentemente uno de los pecados que la moral española de aquella época no pudo tolerar.... ¿y la actual? ....y a pesar de que mi pueblo nunca creó tan dignas instituciones, a pesar de las matanzas y el abuso, de las torturas y el odio, nosotros no odiamos a los españoles.

A pesar del grito ahogado de nuestros antepasados en las hogeras, nosotros no juzgamos hoy la moral de España. España consideró que todavía no había dado su última palabra en cuestiones humanas. Una nación tan noble y con tantos valores éticos y morales debía influenciar en el mundo. Llegaron a América, es más, la "descubrieron", ya que antes de la llegada de los españoles nadie, pero nadie, ni siquiera los propios habitantes de América sabían que existía...... y para controlar tan gran descubrimiento en base a la moral española, tan noble, tan gallarda, asesinaron a centenas de miles de personas, uno de los genocidios más grandes de la historia humana. Genocidio? Español? No puede ser, eso no se apega a los valores éticos españoles.

De paso, ya que de tan alta moral hablamos, los españoles robaron toneladas de oro, plata y demás riquezas a los "descubiertos" por ellos. A aquellos que no sabían que existían antes de la llegada de los españoles, pero que sin lugar a dudas dejaron de existir luego de su llegada.
De robo ya hablamos? O es la primera vez? Y de destrucción de culturas? Dejemos este punto para otro día. .......y a pesar de ello, nosotros, los hijos del pueblo hebreo, no juzgamos hoy la moral de los españoles, no investigamos la fuente de su riqueza. Nosotros no odiamos a los españoles. Puede que toda esta reseña histórica sea lejana. Tan lejana que dirán algunos que no debería tomarse en cuenta.

Yo soy hijo del Pueblo Hebreo, tengo 5700 años y recuerdo, recuerdo. Recuerdo inclusive la historia más reciente. Por ejemplo la de una época conocida como "franquista", en la cual la moral española se "hizo amiga" del nazismo alemán. Sobre las consecuencias de tanta moralidad y justicia ya no debo hablar, no se requiere aquí la memoria de 5700 años para recordar que durante la segunda guerra mundial fueron asesinados por los nazis seis millones de personas de mi pueblo, salvo que como otras personas que usan kafía, también usted señor Zapatero pretenda desmentirlo.

Y nació el Estado de Israel. En 1948. Luego de 1700 años sin patria, perseguidos, encerrados en guettos, creamos un Estado independiente. España, luego de haber sido tan beneplácita con el pueblo judío, tan moral, tan justa, tan no racista, decidió consecuentemente no reconocer al joven Estado. Lo hizo recién hace aproximádamente 20 años atrás. No hay qué decir. España fue siempre consecuente. Moralmente consecuente. Fue sabia, actuó siempre sabiendo. .....y nosotros, a pesar de ello, no odiamos a los españoles. Nunca les exigimos nada. ....y cuando nuestros vecinos nos agredían y nos mataban, no les exigimos a los españoles que opinen o nos defiendan y a pesar de ello nunca nos defendieron, siempre opinaron.

Cuando nos minaban los caminos y atacaban nuestros buses y nos bombardeaban las ciudades y nos obligaron a la guerra... Nunca exigimos nada, pero los españoles opinaban, siempre sabiendo, siempre en base a tan profunda moral basada en una historia tan pacífica y humanista.
Cuando hombres-bombas explotaban en nuestros restaurantes y centros comerciales asesinando hombres y mujeres, ancianos y niños, la moral española brillaba por su ausencia.
Cuando reaccionábamos, resaltaba opinando; los medios de comunicación españoles, tan objetivos, tan equilibrados, tan sabios, tan llenos de moral y justicia....... tan inteligentes, con un manejo objetivo envidiable de la información.

Claro que por lo general en contra nuestra, ya que de acuerdo al hábito histórico español, la justicia está siempre del lado opuesto a los judíos y no es esto por racismo o odio histórico religioso o costumbre o "inquisionismo" o cualquier cosa que la moral histórica española decida. Nosotros simplemente les molestamos, nunca entendi por qué. ....y a pesar de esto, nosotros nos conmovíamos cuando los españoles sufrían ataques terroristas, nos sentíamos cerca de las víctimas, de sus familias. Identificados con su dolor y su sufrimiento y no, no odiamos a los españoles. ....y cuando miles de proyectiles caen sobre las ciudades de Israel y tenemos muertos y heridos... y cuando nos raptan soldados y nos asesinan por doquier...... y mientras nos atacan en Sinagogas y vejan nuestros cementerios y mientras desarrollan teorías satánicas sobre los judíos deshumanizándonos, nosotros no debemos responder, debemos "poner la otra mejilla", debemos dejarnos matar, como en la historia. ¿La recuerda señor Zapatero?, aquella en la que España nunca estuvo involucrada, lo cual le da todo el derecho moral de juzgarnos y disfrazarse.

Póngase una Kafía señor Zapatero, nunca se ponga una kipá, nuestros muertos no cuentan, como en la hogera inquisitoria; póngase una kafía y de acuerdo a la gran trayectoria moral española, deje que los pobres marroquíes musulmanes que tratan de llegar a España se sigan ahogando en el océano. ¿Recuerda señor Zapatero? son musulmanes y usan kafía, ¿no se siente identificado con ellos y con su sufrimiento?. Le queda bien la Kafía. Recuerde los atentados en los trenes españoles, no se quite la kafía. Quédese con ella y háblenos de moral, de justicia, de verdad y de humanismo. Sea consecuente señor Zapatero, no olvide al hacerlo el legado español.

No olvide nada ya que nosotros no olvidamos; no olvidamos la expulsión de España, no olvidamos la inquisición, no olvidamos las persecuciones, ni la acción española en el "nuevo mundo", no olvidamos los asesinatos ni los robos, no olvidamos, no olvidamos la "oposición española al nazismo", no olvidamos cómo nunca hablaron de moral mientras nos asesinaban y nos agredían. Quédese con la kafía señor Zapatero, es usted consecuente con la tradición, háblenos de moral, de proporciones, porque España tiene todo el derecho de opinar sobre moral, proporciones, justicia y humanismo. Hable señor Zapatero, hable mientras nos matan, mientras nos raptan, mientras nos bombardean.

Es usted un digno y noble hijo de la consecuencia histórica española. Le queda bien la kafía, alíese a la gran moral fundamentalista islámica, tan llena de amor y de justicia, con tantos valores universales de respeto, de libertad de opinión, de tolerancia a lo distinto, de justicia divina y moral. De moral ya hablamos? .....y mientras nos hable, recuerde, a pesar de todo, nosotros no odiamos a los españoles, es más, los respetamos, leemos sus libros, escuchamos su música, hablamos con ellos, visitamos España, visitamos sus museos, apreciamos sus avances.


No, no odiamos a los españoles, ni a los alemanes, ni a los árabes, nosotros sólo queremos vivir en paz, pero aquellos que le prestaron la kafía, los del 11 de septiembre, los de los atentados en Madrid y en Londres, los que educan para el odio y la guerra, para la mentira y la barbarie no nos dejan.

Autor: Ieoshua Levi
Israel